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Volver de los extremos… o los que dan marcha atrás

¿Cuáles son los aprendizajes que se obtienen al reconocer que una determinada decisión de vida no era la apropiada? 

LA NACIÓN – 3 de Diciembre, 2016 – Participación: Lic. María Gabriela Fernández Ortega

Juliana siempre soñó con vivir en contacto con la naturaleza. Su pequeña casa en la pradera comenzó a tomar forma cuando adquirió una chacra en Los Cardales, a la mayor distancia de la ciudad que los compromisos laborales de su marido le permitían. Pero el sueño duró poco más de un año, suficiente para descubrir que no era la vida que quería. «Al principio todo era lindo: los chicos jugaban en el patio y yo me encargaba de la casa y de la huerta. Pero la sensación de bienvenida soledad se transformó en un temido aislamiento cuando asaltaron la chacra del vecino y nos enteramos recién varios días después», cuenta Juliana Gálvez, de 37 años, que a partir de ese disparador empezó a replantearse si era ése su lugar en el mundo. Por eso, desde hace meses, Juliana vive en Belgrano: su departamento mira a la ruidosa avenida Cabildo. Ella se cuenta dentro de quienes, tras haber llevado a cabo un cambio de vida, tuvieron la honestidad de aceptar que había que dar marcha atrás.

Así como Juliana un día dejó atrás la vida más agreste y en contacto con la naturaleza con la que había soñado por años, otros descubrieron un buen día que ser vegano (o vegetariano) es una buena decisión de vida, ¡pero en la vida de los otros!, pues la propia experiencia es la que se ha encargado de mostrar que no encaja en la propia personalidad. Algo similar puede ocurrir entre quienes ya de grandes abrazaron una religión diferente a la de su crianza o una forma de vida que se convirtió en una parte fundamental de su identidad, su carta de presentación -ese «hola, me llamó Juan y soy freegano (o musulmán o vivo en comunidad o etcétera)»-, pero descubren que no se sienten cómodos en ese papel. Así, de un día para otro, amigos, parientes y conocidos se sorprenden al ver que quien solía criticar a todo aquel que cometía «el crimen de comer carne» ya no dice «paso» cuando se acerca a la mesa la bandeja con las achuras, y en vez de echar mano a la ensaladera sirve en su plato la molleja más dorada y crujiente mientras aclara que ya no es más vegetariano. Algunos viven el viaje de vuelta a la vieja identidad con sentimiento de liberación; otros, de culpa. En los mejores casos se saca de la experiencia cierto aprendizaje.

Una nueva piel

«Un día me di cuenta de que yo había cambiado y que las elecciones de los 20 no tenían el mismo sentido a los 30, porque yo no era la misma, ni mi trabajo, ni mi entorno, ni las cosas en las que creía», dice Daniela Dini, periodista de 33 años, que tras una década siendo vegetariana volvió a la vida omnívora: «Yo soy periodista de viajes y sentía que no me limitaba ser vegetariana, pero empecé a hacer también notas de gastronomía, entrevistas a chefs, notas sobre tendencias. Me fui metiendo en ese mundo que me fascinó y quería aprender más. Probar era parte de cualquier nota y fundamental para especializarme. Lo lógico era volver a ser omnívora, lo tremendo fue lo que me costó. Pero a medida que pasaban los días y volví a comer de todo, sentí una felicidad y una expansión enorme. Ahí se cerró ese ciclo y empezó otro para mí».

Según María Gabriela Fernández Ortega, psicóloga del Instituto Sincronía, «el darse cuenta de que uno no se siente cómodo con esa nueva identidad se vive intensamente. Se invirtió mucha energía en producir y concretar ese cambio. Fue un proceso en el que lo que se jugó fue nada menos que la identidad. Entonces, el darse cuenta de que uno no se siente cómodo con esa nueva identidad, por un lado puede provocar alivio y la sensación de estar arribando a un nuevo punto de equilibrio. Y a la vez coexistir con otras emociones menos placenteras como la desilusión, la frustración, la culpa e incluso la vergüenza («no me la banqué»)».

«La reacción de darse cuenta de que la nueva identidad no es la que uno realmente desea va a vivirse según como cada persona procesa e interpreta los hechos de la realidad, producto de sus pensamientos y creencias -dice por su parte el psicoterapeuta Santiago Gómez, director de Decidir Vivir Mejor y del Centro de Psicología Cognitiva-. Si los pensamientos son rígidos, negativos o catastróficos, darse cuenta de que la nueva identidad no lo satisface se va a vivir con una gran desilusión, angustia y frustración. En cambio, cuando la actitud que el sujeto tiene es positiva, va a tomar dicha situación como un aprendizaje, que le va a servir para su crecimiento y desarrollo personal.»

«Me costó mucho asumir que no me sentía bien viviendo lejos de mi familia y de mis amigos, que por momentos me sentía sola o que incluso me daba miedo no tener a quién recurrir en caso de una urgencia -dice Juliana-. Siempre había soñado con la idea de irme de la ciudad al campo, pero cuando tuve la oportunidad descubrí que era una fantasía, que la vida que realmente me gusta es la que tengo hoy en un departamento, con vecinos y colectivos que pasan por la puerta.»

A la luz de la vuelta a las viejas costumbres, muchos comienzan a distinguir cuáles son las verdaderas razones que han motivado el cambio tan trascendental que ahora desandan, así como las razones de otras decisiones de vida. «Es un buen ejercicio indagar si el cambio es algo que uno desea o si la presión del cambio viene del afuera, llámese ese «afuera» pareja, padres, hijos, jefe, etcétera», dice el psiquiatra Juan Eduardo Tesone, autor del libro En las huellas del nombre propio, que sostiene que el verdadero cambio es aquel que «deja emerger el deseo inconsciente».

La mirada de los otros

«Fueron siete los años que viví siendo vegetariana estricta, hasta que un día, estando de vacaciones, me dieron ganas de comer carne, me tenté, y así como siete años atrás decidí hacerme vegetariana, también decidí dejar de serlo de un día para otro», cuenta Mariel Fines, de 33 años, que asegura que lo que más le costó de volver a su antiguo «yo» fue que quienes en su momento no habían aceptado que se haga vegetariana -parientes, amigos-, ahora tampoco conseguían asumir que ya no lo era.

«Mi abuela, cada vez que me ve, me sigue diciendo que me ve anémica y que tendría que empezar a comer un poco de carne», se ríe Mariel, que dice que, en su caso, la decisión de hacerse vegetariana tuvo que ver con la experimentación, no con una postura filosófica ni moral, y que le permitió que hoy que ha vuelto a ser omnívora pueda alimentarse de forma aún más amplia y equilibrada que cuando todavía no se había asomado al vegetarianismo.

Nuria Vehils, abogada de 30 años, también rescata de su paso por el vegetarianismo el haber hallado un punto intermedio entre éste y la carnívora dieta promedio argentina a la que adhería con anterioridad. «Ninguno de los extremos son necesariamente buenos», dice y cuenta que se encuentra más cómoda ahora con una dieta en la que un pequeño aporte de carne semanal le evita tener que observar con rigurosidad lo que come para asegurar que incorpora todos esos nutrientes que no son tan comunes en el mundo vegetal.

«Como la decisión de hacerme vegetariana no fue una cuestión de convicción, sino de gustos (un día me dejó de gustar la carne), ahora que volví lo hice sin culpa y con la alegría de que es mucho más fácil participar de un evento social y no tener que estar aclarando a los demás que no como carne», agrega Nuria.

Un día de campo

Quienes salen airosos del recalculando que implica aceptar que no se sentían cómodos con el cambio de vida encarado o que éste respondía en realidad a fantasías con poco asidero en el propio deseo (o, peor aún, que respondían a deseos ajenos incorporados como propios), y no se enredan en la maraña de la culpa, pueden obtener un puñado de buenas enseñanzas.

«Dentro de los posibles aprendizajes se cuenta el fortalecimiento de la identidad y el no dejarse llevar por lo que son modas o por lo que hacen los otros. Esto tiene que ver con la aceptación de uno mismo, de su propia identidad -afirma Gómez-. También ayuda a diferenciar lo que son los pensamientos mágicos de lo que es la realidad. Por ejemplo, no es lo mismo pasar un lindo día en el campo que ir a vivir al campo.»

Además, concluye, «las situaciones que no salen como uno quiere o espera sirven para aumentar la capacidad de tolerancia a la frustración y la resiliencia».

Juliana no vendió su chacra en Los Cardales. Desde que se mudó de vuelta a Capital, alquila la chacra y, cada tanto, entre la partida de un inquilino y la llegada de uno nuevo, el hogar de antaño hace las veces de casa de fin de semana.

«Cuando vamos en familia y pasamos allá dos o tres días, lo disfrutamos mucho, y no lo sufro como lo sufría cuando era mi casa. El tiempo que pasé ahí me sirvió para confirmar cuál es mi verdadero lugar en el mundo».

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